No sé qué hacer. Estoy de luto por un único motivo; es que tus ojos no me miran. Y fíjate que los míos lo hacen a diario. Sucede que cada vez que contemplo tus manos, tus tersas manos, me olvido completamente de mi ser, el fondo de él se muere y da paso, sin dudarlo, a ese momento casi irreal, de ensueño, de adoración… Que es cuando te contemplo. En silencio, digo un credo en tu nombre hasta sentirme perdido en los brazos de la devoción que me lleva hacia a ti. Siento que me rindes, que me gobiernas, que me esclavizas, como si tu belleza me tuviera en posesión. Imagino que te busco. Pero al final, como al principio, no sé qué hacer.
viernes, 30 de abril de 2010
Escrito No. 5
Cuando duele en demasía el corazón, el mundo se diluye. Algo de ti trata de marcharse, otra parte no quiere abandonar la guerra. Surgen algunas preguntas de comprensión: ¿bajo cuáles enunciados, voces, palabras, alientos, razones y risas encuentras el sentido de lo existente? ¿Qué es existir? ¿Y si tu mundo gira a la inversa y vez de ser un amanecer es un anochecer? ¿Y si la búsqueda personal, sus relaciones y significados con el mundo, se quedan empantanados? A veces creo que el tiempo, junto con las respuestas, se terminan. El deseo de componer ha perdido emoción.
lunes, 26 de abril de 2010
Escrito No. 4
Primero nos limpiamos mutuamente la piel desnuda. Luego, tú con tus ojos de porcelana me miras con una maldita hermosura que, en lo más distante de la conciencia, se sigue sintiendo las olas oscuras de tus palabras. Después, entonas una canción del mal; es para extraer las formas de vida que aún conservo, las usarás como pedazos de carne para encantar a la luna. Como recompensa, tus labios entonan una canción hiriente (la cual amo) todas las mañanas junto a mi ventana.
Tus cabellos son negros, frondosos y malditos, mantienen una gran distancia en relación a la parte más violenta de la constelación; lastiman como un caudal depresivo sin principio y sin fin, pero con una intensidad estructural pocas veces advertidas en los libros de mi habitación. Quiebra mi alma en profundos lamentos, ya no te quiero, ya no te soporto, ya no necesito más del lazo/tristeza que me someten a tu estúpido juego de mil significados. No recuerdo el momento en el que te encontré, pero mis días buscan otro final.
¿Vez esas llamas? Son nuestras almas quemándose.
jueves, 22 de abril de 2010
Escrito No. 3
Trato de olvidar. No sé en dónde encontrar consuelo. Te mostraste frígida a pesar de mi muerte. Había pensado que, para poder escribirte, primero, tenía que dejar correr mi propia sangre por el piso, y en ella, encontrar el destino; como si éste se revelara a través del líquido interno. Simplemente, cuando desperté, me encontré más débil y con un enorme dibujo de tu rostro sobre mi piel, por donde broto toda aquella melancolía/enfermedad/ y tú, tu maldita belleza que aprieta el corazón. Ahora, por la mañana riego el jardín con mi sangre, tal vez sus pétalos rojos alejen el suicido de tu recuerdo.
sábado, 17 de abril de 2010
Escrito No. 2
Mi mirada sólo observó por un segundo tus piernas desnudas. Sin embargo, mis sentidos y mi instinto soportaron la dicha de imaginar en un instante del deseo, todas las posibles sensaciones que todo tu cuerpo de mujer despoja. El despojo de tu piel se convierte lentamente en una fijación en mis labios; se presenta sobre un deseo intransigente por tragarte y no regresarte; en un montón de suposiciones relacionadas con la suavidad y el desgaste carnal. No puedo olvidar el paso de tus piernas; parecían amantes felices sobre una tierra de muertos.
Escrito No. 1
El final de las sensaciones regresa a tomar una parte nutrida de la vida ―espero por alguien que me cuide―. El sabor de tus cenizas, su intensa consistencia, es prueba del recuerdo lastimado en el que te conservo. No quiero cerrar los ojos. Significaría la llegada del deseo; el mismo que me hizo suspirar y luego fallecer antes de mi propia muerte. Te sostengo sólo en la casa del sol brillante, ahí no te mereces mi cuidado.